El espacio de trabajo se ha transformado de forma radical en los últimos treinta años. Quien todavía diseña sobre la oficina de ayer – escritorio asignado, puesto individual, pasillos vacíos – produce entornos que las personas evitan o usan mal. La pregunta ya no es «cuántos escritorios hacen falta» sino qué comportamientos debe habilitar el espacio.
La trayectoria: de puesto a lugar
La secuencia histórica es reconocible: oficina individual cerrada, espacio abierto con escritorio asignado, escritorios compartidos con puestos libres, áreas de apoyo que ganan peso. El espacio individual – medido en m² por persona – se ha contraído; el dedicado a la colaboración, a la concentración profunda y a la pausa informal ha ganado terreno. Los datos de Gallup sobre el engagement muestran desde hace años que las personas más comprometidas con el trabajo no son las que tienen más espacio fijo, sino las que pueden elegir dónde y cómo desarrollar cada actividad.




- Oficinas individuales80%
- Espacio abierto10%
- Áreas de apoyo10%
- Escritorios compartidos0%
Evolución en porcentaje de los m² por tipología en los últimos 30 años (fuentes: Gallup, Towson Tower, ARCHIlabs).
Qué pide el espacio hoy
El cambio no es lineal ni uniforme: depende del sector, del modelo organizativo, de la proporción de trabajo en remoto. Diseñar sin medir estos parámetros produce errores sistemáticos – demasiado espacio abierto donde se necesita concentración, demasiados espacios cerrados donde la colaboración es la norma. Por eso nuestro punto de partida son siempre entrevistas y encuestas: reconstruir el «día tipo» de cada equipo, hacer emerger las necesidades expresadas y las latentes, traducirlas en entornos de trabajo dimensionados según el uso real.




Los cuatro perfiles de usuario (Dedicado, Móvil, Ágil, Dinámico): los entornos de trabajo que los componen, el ratio de escritorios compartidos y la proporción oficina / otra ubicación.
El estándar BOMA como base de medición
Reconstruir el día tipo no basta si no se logra traducir en superficies. El estándar BOMA aporta la base de medición compartida – categorías de espacio, criterios de cálculo, parámetros de eficiencia – que permite comparar lo existente con el proyecto y justificar las decisiones ante el cliente o el propietario del inmueble. La encuesta se convierte así en el dato cualitativo que alimenta un análisis cuantitativo riguroso: cuántos entornos de trabajo, de qué tipo, en qué proporciones, para cuántas personas presentes simultáneamente.