«Espacio abierto sí o no» es la pregunta equivocada. El espacio abierto es una herramienta, como una mesa de reuniones o una sala cerrada: funciona si forma parte de una mezcla calibrada sobre el uso real de los espacios. Por sí solo – como único ambiente – produce casi siempre el mismo resultado: personas que buscan alternativas donde no las hay.
El problema no es la apertura: es la falta de alternativas
En las organizaciones donde el espacio abierto no funciona, el mecanismo es siempre parecido: las personas tienen un único ambiente disponible, y en ese único ambiente deben concentrarse, hacer llamadas, debatir, aislarse, colaborar. El resultado es que ninguna de estas actividades sucede en las condiciones adecuadas. El ruido es el síntoma más visible, pero el verdadero problema es la falta de lugares – cabinas telefónicas, salas silenciosas, salas de distintos tamaños, áreas de apoyo – que equilibren el área abierta y hagan posible lo que el espacio abierto por sí solo no puede acoger.
La pregunta correcta: qué mezcla
Cada equipo tiene una actividad predominante – y cada actividad necesita un contexto físico específico. Quien trabaja de forma colaborativa y dinámica necesita apertura. Quien se concentra durante mucho tiempo, gestiona documentos confidenciales o hace llamadas frecuentes necesita espacios cerrados o semicerrados fácilmente accesibles. La proporción entre abierto, cerrado y áreas de apoyo se deduce de la composición real de las actividades, no de una preferencia estética ni de una moda del sector.
Los datos que determinan la mezcla: la encuesta
Para saber qué mezcla hace falta, hay que saber cómo trabaja la organización. Con entrevistas y encuestas reconstruimos el día tipo de cada equipo: qué actividades ocupan más tiempo, qué grado de concentración exigen, cuánto espacio para la privacidad es necesario, con qué frecuencia se producen las llamadas. A partir de ahí dimensionamos las áreas – abiertas, cerradas, de transición, de apoyo – en proporción al uso real. El estándar BOMA proporciona la base de medida para las superficies; los datos de la encuesta establecen la distribución funcional. El espacio abierto que emerge de este proceso es una herramienta dosificada, calibrada sobre la realidad de esa organización concreta – lejos del modelo «superficie única» que ha alimentado años de escepticismo fundado.