Antes de dibujar una fachada o distribuir una planta vale la pena detenerse en una pregunta que parece obvia y no lo es: ¿para quién diseñamos? La respuesta fácil es «para quien encarga la obra». La respuesta verdadera es mucho más amplia, y cambia la forma en que diseñamos.
El espacio nunca es neutro
Cada edificio produce un efecto. El espacio habilita u obstaculiza los comportamientos de las personas, atrae o aleja, y esos comportamientos, día tras día, se convierten en cultura. Trazar una línea en una hoja de papel es una responsabilidad, porque esa línea un día será un muro: decidirá cómo entras, dónde se encuentra la gente, cuánta luz entra, qué se ve desde la calle.
El cliente es más amplio que quien encarga
Cuando nos preguntamos quién es nuestro cliente, la respuesta va más allá de quien firma el encargo. El cliente es quien habitará esos espacios cada día, aunque no los conozca en persona. Es quien camina por la calle y se encuentra frente a una arquitectura nueva que no había pedido. Es la energía, el entorno, el ecosistema sobre el que intervenimos, y las generaciones venideras. Ninguno de ellos nos pidió nada, y sin embargo cada proyecto, al imponerse, toma algo de cada uno de ellos.
Devolver más de lo que se toma
De ahí nuestro deber: devolver más de lo que tomamos, generar para cada uno de esos clientes más valor del que el proyecto resta. Es un principio exigente, y no se queda en una intención: se convierte en un criterio de diseño. Significa leer el contexto antes de imponerse, integrarse con lo que ya existe, construir espacios que duran y saben adaptarse, y asumir la responsabilidad del impacto ambiental en lugar de trasladarlo aguas abajo.
De la responsabilidad al proyecto
En concreto, este pensamiento guía decisiones técnicas precisas. La sostenibilidad se convierte en un hecho medible – menos consumo, más confort, edificios certificados LEED, NZEB y WELL – porque el impacto sobre el entorno y el ecosistema forma parte del balance. La atención al contexto moldea los volúmenes, los materiales y las relaciones con el entorno. La durabilidad – elección de los materiales, mantenimiento, flexibilidad – asegura que el valor perdure en el tiempo, también para quienes vivirán esos espacios dentro de veinte años. Es la manera en que un principio ético se convierte en arquitectura.
En una línea
El cliente de un proyecto incluye a cualquiera al que ese proyecto afecta, hoy y mañana. Reconocerlo es la primera responsabilidad de quien diseña, y es la razón por la que el espacio, para nosotros, nunca es neutro. Es esto lo que queremos decir cuando decimos your space our project.